4 de diciembre de 2016

He tenido una experiencia cercana a la muerte






Queridos amigos, bienvenidos de nuevo a este pensil biográfico, Eos de la inspiración, Gólgota de las letras patrias, caprichosamente llamado mensuario. Como viene siendo habitual de higos a brevas, tengo la necesidad de abrirme en canal y confesarme ante vosotros, estimados followers, amadas followeras, con la fuerza de un huracán o de un terremoto, compartiendo con ánimo didáctico mis vivencias trascendentes. Oh, fieles capullitos de alhelí, anisadas pimpinelas, trepadoras clemátides, etc., lo que ahora voy a contaros no es un tema fútil. Las siguientes palabras quedarán grabadas a fuego en vuestras privilegiadas mentes, consolidando de paso mi prestancia como gurú espiritual. Porque, creedme, he visto el túnel, he tenido una experiencia cercana a la muerte. Que os narro a continuación con la celebrada viveza que me caracteriza.
El frenesí deportivo no me sienta bien. Por eso fue una mala idea retar a Cristino, mi amigo profundo, a una carrera de punta a punta del parque de la Corredera. Y más después de celebrar nuestro reencuentro con una cena donde todo fue copioso, la comida, la bebida, el speed y la factura. Coincidíamos ambos en que habíamos ganado unos kilitos últimamente, pero no estábamos de acuerdo sobre quién había engordado más. Así, por un quítame allí esas arrobas, de la manera más tonta, nos picamos vilmente, cuñadísimamente, y lancé el infantil desafío. Nos habíamos puesto como motos, pero la realidad es que no éramos motos. Éramos dos cincuentones orondos, con sendos airbags anatómicos debajo del pecho, por lo demás tupidos hasta las orejas, y aquella carrera absurda estaba más emparentada con el ámbito zoológico que con el atletismo. O sea que más semejábamos dos elefantes marinos camino de las frías aguas australes que Usain Bolt y Asafa Powell compitiendo por batir el récord de los 100 metros lisos. Y pasó lo que pasó. A mitad de carrera noté de pronto que el corazón se me hinchaba como si mismamente me fuese a brotar una teta de Yola Berrocal, y, ahogándome, empecé a boquear como un pez fuera del agua. Ya me daba por muerto. “Dile a Lola que reclame mi plan de pensiones”, indiqué a Cristino entre jadeos, antes de que se me parase el corazón, este gran corazón que se me sale del pecho, este sagrado corazón. El último recuerdo consciente que tengo es ver pegado a mi rostro el de un sanitario del 112, como si me fuera a besar. “¡Coño, Javi, cuánto tiempo!”, dije. Y se apagó el televisor.
Pero ahora viene lo fuerte. Porque lo siguiente que vi fue el túnel. Aunque menuda puta mierda de túnel. Era una espiral gaseosa y gris, una suerte de tornado horizontal, pero con un comité de recepción tan consolador como una pintura negra de Goya. El túnel estaba muy iluminado, sin un foco de luz concreto, aunque, sospechosamente, al final de la espiral creí distinguir una bola de discoteca. Yo no oía nada, pero allí, la primerita, estaba mi abuela Quintina vociferando, y leí en sus labios claramente la enternecedora frase “¡Adónde vas, cabronazo!”. A lado de Quintina, la señora Aureliana, que era vecina en vida de mi abuela, con su eterna (nunca mejor dicho) mueca de asco y el bastón alzado en actitud amenazadora. Yo pensé: “¿pero qué cojones pinta esta bruja aquí?”, temiéndome entonces que el Cielo fuese una vulgar repetición de este valle de lágrimas, o bien que hubiera un Cielo cutre, para la gente humilde como yo, y otro Cielo más elegante y residencial, vetado a la masa proletaria. De hecho, las dos marujas seguían vistiendo sus despellejadas batas de guata, como si no hubiesen salido del barrio; solo les faltaba la bolsa de basura en la mano. Poco más allá, con su faldita de cuero y la cara maquillada salvajemente, como cuando iba repartiendo pedreas de gonococos, aparecía Leoncia la Neumática, también llamada la Moncloa, remota novia (mía y de otros quince o veinte a la vez) que me descapulló, no obstante arpía entre las arpías. Murió joven de un chute adulterado, dejando un mundo mejor. Sacudía las manos como si quisiera espantar a un bicho, o sea a un servidor. Detrás de ella, el tío Demetrio, exhibiendo una risa desdentada y multiplicando mecánicamente su clásico corte de mangas como si fuera un gato chino de la iniquidad. Con qué ganas se carcajeaba, el hijoputa. Y ya al fondo, con  su estampa de monigote,  su mono de lamparones y sus escasos 60 kilitos de concentrado de mala baba, aparecía el señor Floro, alias la Octava Angustia. Cruzado de brazos, asesina su mirada de cobalto, el señor Floro parecía estar esperándome para un chaperón, como cuando era mi encargado[i].
Entonces, en súbita revelación, entendí todo de golpe: el Infierno también tiene túnel de entrada. Se me cayó el alma a los pies, si la expresión es aceptable. Como reacción natural ante tamaña injusticia, reuní a Dios, a la Virgen y a san Pedro en una blasfemia compacta, lo que supuso una aceleración del trámite, y mi trayecto a través del túnel adquirió una velocidad supersónica. No obstante, tuve los suficientes reflejos para extender los brazos y sacar los puños, con la esperanza de repartir, a modo de segadora, unas cuantas hostias a toda la gentuza que se había congregado en aquel vestíbulo del inframundo, pero al pasar a lado de ellos me di cuenta de que allí, como entes espirituales, compartíamos la condición incorpórea. Inmerso en el centro de aquel tornado, volando como un cohete hacia Pandemónium, escuché entonces “¡Ya vuelve, ya vuelve!”, noticia que, para mi bien y para el de la humanidad en general, felizmente se confirmó.
Tan sobrenatural experiencia ha obrado la consecuente catarsis, y he decidido convertirme en una fuente de amor, por la cuenta que me tiene. Permanezco ahora largos ratos en los pasos de cebra para ayudar a los viejecitos a cruzar la calle. Si me encuentro a un ciego, ya es el no va más de la purificación, y ejerzo de lazarillo hasta su destino. Echo miguitas de pan a los gorriones. Reparto piadosamente cartones de vino entre los mendigos. He dado a un ropero social un chándal, una cazadora y dos gayumbos. Me afeito todos los días. Atiendo con cortesía a Testigos de Jehová, comerciales del Círculo de Lectores, de Iberdrola, de Gas Natural Fenosa y, en general, a cualquier estafador que llame a mi puerta, también a los que llaman a mi teléfono. Juego con los niños a la rayuela. No me meto en páginas guarras. Estoy intentando dejar de fumar. He sacado de la biblioteca la Obra Completa de San Juan de la Cruz y Las Moradas de Santa Teresa. Y desde ya la dulzura va a gobernar mis escritos. Entre otras cosas, ahora pienso que debo sustituir las habituales voces malsonantes de mi vocabulario, incorporando otras expresiones lights, como atiza, cáspita, córcholis, repanocha, es el súmmun, Ángela María y ay, Señor. Así sea, qué dídimos.

Gabriel Cusac


[i] Acertijo: descubra el lector atento a figuras estilísticas por qué este párrafo le ha provocado hambre.

1 de noviembre de 2016

Rutas de narcosenderismo (II): Monleón-Ermita de las Yegüerizas (Salamanca)



Queridos amigos narcosenderistas, conviene siempre tener presentes nuestros principios. Antes de presentar la nueva ruta, dos puntualizaciones.
Primera. Pocas cosas estarán más apartadas de nuestro ideario que el espíritu olímpico. Ese lema idiota de “más rápido, más alto, más fuerte” solo puede entenderse desde el complejo de superioridad o el de inferioridad. La prueba se demuestra añadiendo la coletilla natural. Más rápido, más alto y más fuerte…que los demás. Por eso existen las competiciones deportivas; no nos encontramos con el asceta, sino con el exhibicionista. Solemnemente declaramos nuestro desprecio al barón de Coubertin y a los atletas, esos pringaos que se pelean infantilmente por una centésima de segundo o por dos centímetros de suelo. ¡Comeos vuestros laureles, gilipollas! ¡Meteos por el culo vuestras medallas! ¿Pero qué más dará, niñatos, tardar 9,58 segundos en correr los cien metros que tardar diez? Si, total, andando y sin sufrimiento se pueden hacer en dos minutitos. Como bien dijo el gran pensador Miguel de Unamuno: “El deportismo no es en el fondo más que una reacción contra la inteligencia, un antiintelectualismo. La frivolidad es su sello”. Los narcosenderistas sustituimos la palabra competitividad por la de solidaridad, y jamás forzaremos nuestros cuerpos en la inútil tarea de batir récords absurdos.
Conviene recordar que, históricamente, el narcosenderismo nace como respuesta -aunque tardía, es cierto- a esa ambición fascista del superhombre, podrida amalgama de fundamentalismos religiosos e ideológicos donde pululan nombres y conceptos tan siniestros como Julius Evola, Ludwig Jahn, John Harvey Kellog, Hitler, Baden-Powell, adventismo, pretorianismo, cristianismo muscular, pecado físico o mejora racial. Desde una perspectiva humanista y libertaria, el narcosenderismo sencillamente busca la comunión entre las drogas y la naturaleza, siempre bajo el sensato lema: “Solo un poco colocados”.
Segunda. Mucho cuidado con los infiltrados. El gran peligro de nuestro movimiento, tras el prohibicionismo imperante, reside en ellos. No solo hablamos de la madera; hay una gran cantidad de fanáticos sueltos, provenientes de distintas sectas y expresamente entrenados para atentar contra nuestra libertad desde dentro. Mejor prevenir que curar. Por eso, amigos narcosenderistas, cuando un nuevo fichaje empiece a hacer preguntas capciosas -¿eres feliz?, ¿realmente crees que esta práctica nos desarrolla como personas?, ¿sabes que significa parusía?, ¿has probado la dieta vegana?, etc-, procurad que vuestro siguiente recorrido incluya la proximidad de un barranco profundo.
Expuestas ya estas necesarias puntualizaciones, hablemos de la nueva ruta: Monleón-Ruinas de la ermita de Las Yegüerizas.
Nos acercamos hoy a una zona hechizada, la de Entresierras, al sur de Salamanca, donde la atmósfera está turbia aún a pleno sol, y no hablamos de contaminación. No se trata del carácter agostado de sus habitantes, ni de la irreprimible sensación de desamparo que ofrecen las calles de los pueblos, ni de que sea una tierra sembrada de misterios antiguos (como bien sabe Ramón Grande del Brío, estudioso a lo Atienza de estos lares). Y sin embargo todas estas circunstancias forman parte de lo mismo. Hay un escudo telúrico que defiende a Entresierras de los advenedizos, unos penates públicos celosos de su patrimonio arcaico, hoscos o, más bien, hostiles con el visitante; dioses agrestes, irreductibles y con un germen de insania royéndoles las entrañas. Por bien que le marchen las cosas al visitante, no dejará de sentir una extrañeza, un agobio, una irracional advertencia. Esta especie de malditismo, de aura de fatalidad, resulta empero fascinante.
Tan sombrío prólogo responde a la verdad; no pretendo escribir aquí un relato de terror. Y tampoco se crea el lector escéptico que estoy flipado. Tonterías, las justas. Solo pretendo avisar.
Nuestra ruta forma parte de la GR-181, red de caminos que surcan Entresierras y que jamás recorreremos de un tirón, porque hablamos de casi cien kilómetros y justo es admitir que estamos lo suficientemente podridos como para no emprender una empresa semejante. Eso sí, en ocho o nueve excursiones la tendríamos jodida, y no sería una de las peores cosas que habríamos hecho en nuestra puta vida. Quiero decir que la GR-181 -o Ruta de los Caminos Históricos de Entresierras, la cual, tramo a tramo, tripi a tripi, casi he recorrido en su totalidad- nunca va a defraudar al caminante. Palabra de ex convicto.
Comenzamos nuestra aventura en la propia Puerta de la Villa de Monleón, junto a la maqueta del pueblo y el verraco de piedra, agradecido hoy por la compañía solidaria de varios verracos de carne y hueso. Es temprano, es medianejo octubre, hace un frío de cojones, no hay ni Dios y el bar inmediato -y único- está cerrado. Cada cual se avitualla según sus necesidades -la mampara que protege la maqueta es, por cierto, muy útil a los esnifadores; así da gusto-, aunque en este caso nadie se resiste a probar un aguardiente de peyote ofrecido gentilmente por un compañero. El chupito de la exótica delicatessen, casera cien por cien, pasa por el gañote como lo haría un alacrán.
No traspasaremos la puerta de la muralla. Monleón merece un paseo reposado, y será la guinda de esta caminata. Bordeamos el pueblo siguiendo los carteles indicativos de la ruta, hacia el sur, dejando a nuestra derecha la muralla y otra de sus puertas, la del Sol. Aviso a los capitalinos: a estas alturas del año hay muy poco que pillar en los huertos lindantes, gumias, que sois unos gumias. Si tenéis suerte, poco más adelante, podréis coger alguna nuez junto al lavadero, mal rayo os parta. Pasado el lavadero, encontramos el mirador de la risa. Porque un telón de árboles enfrentados tapa por completo lo que en principio sería una espléndida vista de la villa medieval. A su vez, un panel explicativo no explica nada, porque ha sido borrado por la lluvia. Paradojas así pasan mucho en España, un país decididamente inaugural, pero inconstante; esto también explica la gran cantidad de matrimonios fracasados y el hecho de que, en lo relativo a cornamentas, seamos algo parecido a Nebraska.
Aproximadamente a kilómetro y medio del pueblo, después de franquear un portillo, nos encontramos con las primeras vacas sueltas. No hay peligro, son mansas como porreros después de la cuarta trompeta. El camino se interna entre un tupido robledal, y en este punto surge un incidente. El protagonista, que en estos papeles discretos señalaremos con su alias, es Lorenzepam, el otro triposo -junto a este humilde cronista que les cuenta- de la banda. El colega se ha detenido súbitamente y, con el bastón a modo de escopeta, parece apuntar a algo entre los árboles. La alucinación le dura solo unos segundos. Al parecer, ha visto un enorme caballo negro sobre el que cabalgaba Mariano Rajoy en viva pelota, y a su vez, de igual guisa y en la llamada postura del loto, a Felipe González cabalgando sobre nuestro presidente. ¡Ah, el subconsciente, ese poeta locuelo! La visión, fugaz, casi una viñeta, desapareció en el momento justo en que Lorenzepam iba a disparar a los godivos porculeros. Lances de este tipo pasan muy de vez en cuando, porque somos celosos del precepto que nos une: “Solo un poco colocados”. En la ocasión, parece que el aguardiente de peyote potenció el efecto del medio cartoncito de LSD, dosis estricta que nuestro compañero suele consumir en cada excursión; también puede ser que la última remesa de tripis viniera más fuerte de lo normal. Por suerte, Lorenzepam es un drogófilo curtido, un veterano de guerra que sabe mantener el tipo, y pudo continuar la marcha con total normalidad, a pesar de que luego nos confesara que durante un buen trecho nos estuvo viendo a todos con la cabeza debajo del brazo, como criaturas de Halloween o santos cefalóforos. Por mi parte, y habiendo tragado exactamente lo mismo que Lorenzepam,  en toda la   jornada no sentí     nada distinto al gozo -lánguido, imaginativo, sacramental- que me suele proporcionar una dosis moderada de ácido; también es cierto que la peña me conoce desde hace años con el mote de La Gran Bestia (sí, erudito lector, igual que ese malote de Aleister Crowley, pero este caso debido a la notable capacidad de ingesta tóxica que puede aguantar mi privilegiado metabolismo).
A los veinte minutos de este episodio -que bien podríamos llamar alucinegético-, un letrero a la derecha del camino nos indica el enclave arqueológico de Monte Alcaide. Los pobres restos del poblado visigodo, ya amenazados de maleza, nos resultan menos interesantes que las tumbas y lagaretas excavadas en piedra que encontramos triscando por los alrededores. También existe un chozo pastoril reconstruido cuyo cobijo aprovechan algunos compañeros para meterse unos tiracos. Pero, para mi gusto, lo mejor del Monte Alcaide es el propio monte, un peñascal ameno, de hermosas vistas, donde por fin, aunque tibiamente, nos acarician los rayos del sol. Esos frikis que juegan a las batallitas con pistolas de pintura tendrían aquí una buena lid. Por suerte, existen cotos especiales para que tales elementos emulen a Rambo. Pero qué tontitos, la hostia… A pesar de lo dicho, no quiero mostrarme intolerante: que estos boboslapolla hagan lo que quieran mientras no salgan de sus reservas, porque la verdad es que solo molestan al sentido común.
Desde el chozo, a través de una trocha adyacente, volvemos al camino sin desandar lo andado. En suave bajada no tardamos mucho en llegar al punto estrella de la ruta: las Ollas de la Sapa. Solo el nombre ya es evocador. Un cartel tirado en el suelo -España, este país inaugural e inconstante-, con las referencias exotéricas de Grande del Brío, nos indica el comienzo del sendero, también a la derecha, que nos lleva hasta el Alagón. Es un octubre extraño, éste de 2016, donde insanamente se ha prolongado el verano sobre la piel de toro y las lluvias apenas han hecho acto de presencia. Por eso el Alagón es una escurraja, y la falta de agua muestra un aspecto desolador. A cambio, nos ofrece la visión desnuda de su álveo, el esqueleto de una morfología encantada donde el lecho rocoso del río parece haber sido tallado por un numen antojadizo. La gran escultura natural en granito, horadado en un festival de cuencas, ofrece un espectáculo hipnótico, cuya belleza acentúa, en mi caso, el ácido bienhechor. Ocurre, además, un silencio sagrado. Me tienen que despertar del éxtasis; porque de otra manera no puedo calificar ese estado beatífico donde el mundo se queda parado. Hablando de éxtasis, parece que los colegas pastilleros y los porretas han compartido una profunda sensación de bienestar, aunque en ningún momento han llegado a desconectar de la realidad; el trance es una cara experiencia. Farloperos y espitosos, en cambio, correteando como cabras entre las rocas, no han cesado en su apremio para continuar la marcha. En el fondo, no dejan de asombrarme estos contrastes; la grandeza de nuestro movimiento estriba en la perfecta convivencia lograda entre un grupo tan heterogéneo de drogatas. Antes de retornar al camino -esta vez sí, desandando lo andado-, me procuro como fetiche un puñado de guijarros que yacen en el fondo de una de las ollas. Pensamiento mágico, llaman a estos caprichos.
Ollas de la Sapa (foto de J.C. Pérez Hernández)

La cuesta se pronuncia a partir de la convergencia con el desvío a las Ollas de la Sapa, remansándose junto al Lagar del Charco Oscuro, un lagar grande y bien conservado, con motas de musgo, que en este caso, por fortuna, se acompaña de un cartel explicativo igualmente bien conservado. La sorprendente abundancia de lagares rupestres nos habla de la importancia de la vid en la zona de Entresierras; otra ruta cercana, en San Esteban de la Sierra (donde las bodegas del Tiriñuelo), se llama precisamente así, Ruta de los Lagares, de la que quizá hablemos próximamente en estos papeles narcosenderistas. Al cabo, después de abrir una puerta rústica de postes y alambre de espino, entramos en territorio comanche. El camino se estrecha, nos acosan las zarzas, hay un árbol atravesado de tamaño considerable. Pero esto no es todo. Comprobamos que alguien, con malévolo empeño, se ha dedicado a la no ligera tarea de mover algunos de los enormes pasiles que permiten vadear el río, a la vez que ha destrozado los postes del cable fiador. Tengo conocimiento de que esta suerte de vandalismo interesado no es cosa de ayer; por eso me da la impresión de que a los ayuntamientos de Monleón y El Tornadizo -el Charco Oscuro pertenece a su término municipal-, a la Diputación, al Seprona y a las instituciones que corresponda, básicamente se la suda. O bien son cómplices de la trastada, quién sabe. El caso es que ni Dios mueve un dedo por solucionar el asunto.
El Charco Oscuro, un túnel de alisos solado de aguas negras, es un paraje de belleza tenebrosa. No en vano, el gran polígrafo Gabriel Cusac se inspiró aquí para regalar a su hija Lucía un cuento de fantasmas:


El Charco Oscuro (foto de J.C. Pérez Hernández)

 A pesar del sabotaje, el cauce seco nos permite cruzar a la otra orilla sin dificultad. El camino se empina en un trecho, pero nos queda poco que resollar, porque la ermita de Las Yegüerizas está muy cerca. La ermita o, más bien, sus restos, porque únicamente queda en pie un muro que poco o nada puede atestiguar sobre la pasada importancia del santuario. Sabemos que contó con ermitaño, que la talla mariana -una Virgen con Niño- que albergaba fue vendida a un anticuario -y uno se pregunta qué pasa con tanta leyenda hierográfica, tanta devoción y tanto golpe de pecho ante  hechos así, porque el expolio concertado de arte sacro ha sido poco menos que sistemático en nuestro ámbito rural- y que la romería era un acontecimiento capital en el calendario no solo para Entresierras, sino también para buena parte de la Sierra de Francia. Es la ermita de Las Yegüerizas el escenario del célebre Romance de los mozos de Monleón -tan llano, tan arcaico, tan auténtico-, y Grande del Brío ha sacado a la luz indicios más que sobrados para atestiguar la calidad sagrada del sitio antes la implantación cristiana.
En este punto, tras un merecido descanso, volvemos sobre nuestros pasos. Es cierto que la ruta "oficial" debería completarse hasta El Tornadizo, pero ya hemos visto lo más interesante y, sobre todo, nuestras limitaciones físicas nos aconsejan no completar el trayecto marcado, porque, en total, nos enfrentaríamos a la violenta cifra de 20 kilómetros. Es decir, a la extenuación.
La vuelta transcurre sin incidencias dignas de reseñar. Al retornar al pueblo, entramos por la Puerta del Sol, donde podemos apreciar un pequeño catálogo de marcas canteras sobre los sillares de la muralla, y nos acercamos hasta la iglesia de Santa Isabel -Isis disfrazada, según algunas interpretaciones-, curiosa de capiteles románicos reaprovechados, porque algunas bichas corretean grotescamente por la fachada. No podemos visitar el interior, el templo está cerrado. Callejeando brevemente por el pueblo -Monleón es chiquitito, aunque tupido de historia- llegamos al castillo, al que tampoco podemos acceder porque es propiedad privada. En consonancia con la cronología medieval de la fortaleza, desde dentro, como una psicofonía amplificada, suena el Eres tú de Mocedades. A Rohypnol, uno de los compañeros, se le saltan las lágrimas, porque este tema formaba parte de la banda sonora de su primer polvo. El lector pureta recordará que en los setenta éramos tan membrillos que nos poníamos música para follar. Ya ha llovido. Solo un poco colocados, al pie de la impresionante torre del homenaje, parece que la gigantesca mole de granito y pizarra se nos va a caer encima. Al lado está la Puerta de Coria, donde varios carteles nos dan una información verdaderamente útil sobre la villa y su entorno. Desde aquí se puede contemplar otra perspectiva de la torre y de la muralla, y también una voluptuosa panorámica del valle. Me entra el capricho súbito de ver un atardecer desde la Puerta de Coria. Para otra ocasión.
Castillo de Monleón (foto de J.C. Pérez Hernández)

Saldremos del pueblo por la Puerta de la Villa, tan fotogénica desde el interior, y se acaba ya esta crónica narcosenderista, quizá un poco extensa. Solo un último apunte. Monleón dedica un rincón de su callejero a Manuel Díaz Luis, autor de una novelita imprescindible: Las aguas esmaltadas. Léanla, por favor.

Gabriel Cusac

12 de septiembre de 2016

El galán, la dama, la criada. Un cuento para Lucía


Mujer en la ventana, Caspar David Friedich (imagen tomada del blog arteparnasomanía)


Hola, Lucía. El pequeño cuento que te traigo está inspirado en otro cuento de un escritor que se llamaba Álvaro Cunqueiro. Álvaro ya ha muerto, y yo no le conocí. Pero le considero un gran amigo. Porque Álvaro me hace disfrutar muchísimo con sus libros, que son una verdadera explosión de fantasía. Él  pensaba  que la imaginación es el más maravilloso don de las personas; yo estoy de acuerdo. Quizás, dentro de unos años, Álvaro también llegue a ser tu gran amigo.


En el monte del Castañar hay una miranda, que es un buen sitio para mirar. Lo mismo da mirador que miranda; es lo que el diccionario manda. Y sobre este mirador hay una mansión, adonde acude un galán con mucha emoción. En la torre de la mansión tiene una rica dama su habitación. Todas las tardes viene el galán, con una rosa roja y una tarta de franchipán. ¿Qué es franchipán?: crema de almendras con crema pastelera; si pruebas la tarta, te la comes entera.
Debajo de la torre, el galán galanteador recita a la dama poemas de amor. La dama se llama Ana, y se asoma a la ventana. El galán se llama Juan, y enamorar a la dama es su afán. Pero pasan los días, y se agotan las poesías. Recita Juan en cada cita, se acaba aburriendo Ana, y se aparta de la ventana.
-¿Vuelvo mañana? -pregunta Juan.
-Haz lo que te dé la gana -responde, sin asomarse, Ana.
“¡Pues vaya plan!”, piensa el galán. Y caminito abajo vuelve a la ciudad, tirando siempre la rosa al mismo zarzal. Ya sabe cuál es su cena: tarta de franchipán.
Así se pasa un verano, con el amor seco secano. Así se pasa un otoño, caen las hojas y florece el madroño. Así llega un invierno, este romance parece eterno. Son ya muchas veces repitiéndose la escena: rosa al zarzal y tarta de franchipán de cena. Pero un día de diciembre, el diecinueve, hace su aparición la nieve. Y ahí está Juan, enfrente de la torre, aguantando la nevada, el pobre. Ana ni abre la ventana, y le contempla tras el cristal. ¡Tanta frialdad no es normal! El galán, de tan blanco, parece un polvorón. ¡Esta dama no tiene corazón!
Pero atentos, ¡alerta!, porque en este momento se abre la puerta. De ella no sale la dueña, sale la sirvienta. La sirvienta se llama Vicenta. Viéndole aterido, del galán se ha compadecido. Con un paraguas le tapa, con un cepillo le limpia la capa. Entonces Vicenta y Juan se miran a los ojos, y los mofletes se les ponen rojos. Se miran, se remiran, se admiran. Y a partir de aquí cambia la historia de una manera satisfactoria.
Bajo el paraguas se alejan por el camino, ya Juan no está mohíno. Vicenta y Juan cenarán tarta de franchipán. Y brindarán con champán. ¡Chin, chin! ¡Chin, chan! Entre el zarzal está creciendo un rosal.

Gabriel Cusac