19 de abril de 2017

Tú no sabe francé (versión afrancesada de "Tú no sabe inglé" de Nicolás Guillén)











Imaginemos a Dani con novia francesa


Con tanto francé que tú sabía,
monsié Daní,
con tanto francé, no sabe ahora
decí: güí.

La francesita te buca,
y tú le tiene que huí:
tu francé era de andetruá,
quesquesé, mersí y yesuí.

Monsié Daní, tu no sabe francé,
tú no sabe francé,
tú no sabe francé.

No te enamore ma nunca,
monsié Daní,
si no sabe francé,
¡si no sabe francé!

Gabriel Cusac


26 de marzo de 2017

Una receta muy fina





Brujita preparando una fórmula en su caldero,  ilustración de Marie Desbons



Para  ti, Lucía,

                                                                                                una poesía,

                                                                                                          una brujería.




¡Qué grande es mi caldero!
¡Qué rico es mi puchero!
Hoy guiso en la cocina
una receta muy fina.

Cabeza de tortuga,
dos hojas de lechuga,
cinco  escarabajos,
un puñado de ajos.

Una culebra negra,
un puñado de tierra,
una lagartija gris,
unos granitos de anís.

De mandrágora raíz,
de gallina la cerviz,
una pizquita de sal:
¡listo para cocinar!

Dos horitas a cocer,
con el cazo remover.
¡Huele el guiso que flipas!
¡Me borbotean las tripas!

Ya me cambio de ropa
mientras se hace la sopa.
Porque hoy el ritual
es algo muy especial.

Gorro de cucurucho,
¡a mí me luce mucho!
Negro, muy rezurcido,
y de cola el vestido.

Botas negras de hebilla:
¡son una maravilla!
La capa, negra también:
el vestuario está bien.

Varita de nochizo,
recito el hechizo.
La sopita me como,
vino tinto me tomo.

Un pedito se escapa
debajo de la capa.
Y  un eructo de rana
porque me da la gana.

Yo soy la bruja Ramona
y mis brujadas funcionan.
Este hechizo es potente,
grandioso, excelente.

¡Qué chula es la brujería!
¡Qué bicoca, madre mía!
Porque ya me desvanezco,
porque ya desaparezco.

Es cierto y es posible:
me he vuelto invisible.
Dura el hechizo una hora:
¡ya verás cómo mola!

Las tiendas van a cerrar,
me tengo que apresurar.
Corro a la frutería,
rompo una sandía.

En el supermercado
me tomo un helado.
En la ferretería
cae una estantería.

Grita el pescadero
viendo volar un mero.
Baila medio cordero,
grita  el carnicero.

Las tiendas han cerrado,
voy al bar de al lado.
Pide un cliente café,
la taza vacía ve.

En la calle, a una vieja
le soplo en la oreja.
“¡Policía! ¡Policía!”,
empieza a gritar la tía.

Ya se me acaba la hora,
voy a casa sin demora.
¡Qué risa! ¡Qué cachondeo!
Corro al váter, ¡que me meo!

Ilustración tomada de Gifsanimados.es


4 de diciembre de 2016

He tenido una experiencia cercana a la muerte






Queridos amigos, bienvenidos de nuevo a este pensil biográfico, Eos de la inspiración, Gólgota de las letras patrias, caprichosamente llamado mensuario. Como viene siendo habitual de higos a brevas, tengo la necesidad de abrirme en canal y confesarme ante vosotros, estimados followers, amadas followeras, con la fuerza de un huracán o de un terremoto, compartiendo con ánimo didáctico mis vivencias trascendentes. Oh, fieles capullitos de alhelí, anisadas pimpinelas, trepadoras clemátides, etc., lo que ahora voy a contaros no es un tema fútil. Las siguientes palabras quedarán grabadas a fuego en vuestras privilegiadas mentes, consolidando de paso mi prestancia como gurú espiritual. Porque, creedme, he visto el túnel, he tenido una experiencia cercana a la muerte. Que os narro a continuación con la celebrada viveza que me caracteriza.
El frenesí deportivo no me sienta bien. Por eso fue una mala idea retar a Cristino, mi amigo profundo, a una carrera de punta a punta del parque de la Corredera. Y más después de celebrar nuestro reencuentro con una cena donde todo fue copioso, la comida, la bebida, el speed y la factura. Coincidíamos ambos en que habíamos ganado unos kilitos últimamente, pero no estábamos de acuerdo sobre quién había engordado más. Así, por un quítame allí esas arrobas, de la manera más tonta, nos picamos vilmente, cuñadísimamente, y lancé el infantil desafío. Nos habíamos puesto como motos, pero la realidad es que no éramos motos. Éramos dos cincuentones orondos, con sendos airbags anatómicos debajo del pecho, por lo demás tupidos hasta las orejas, y aquella carrera absurda estaba más emparentada con el ámbito zoológico que con el atletismo. O sea que más semejábamos dos elefantes marinos camino de las frías aguas australes que Usain Bolt y Asafa Powell compitiendo por batir el récord de los 100 metros lisos. Y pasó lo que pasó. A mitad de carrera noté de pronto que el corazón se me hinchaba como si mismamente me fuese a brotar una teta de Yola Berrocal, y, ahogándome, empecé a boquear como un pez fuera del agua. Ya me daba por muerto. “Dile a Lola que reclame mi plan de pensiones”, indiqué a Cristino entre jadeos, antes de que se me parase el corazón, este gran corazón que se me sale del pecho, este sagrado corazón. El último recuerdo consciente que tengo es ver pegado a mi rostro el de un sanitario del 112, como si me fuera a besar. “¡Coño, Javi, cuánto tiempo!”, dije. Y se apagó el televisor.
Pero ahora viene lo fuerte. Porque lo siguiente que vi fue el túnel. Aunque menuda puta mierda de túnel. Era una espiral gaseosa y gris, una suerte de tornado horizontal, pero con un comité de recepción tan consolador como una pintura negra de Goya. El túnel estaba muy iluminado, sin un foco de luz concreto, aunque, sospechosamente, al final de la espiral creí distinguir una bola de discoteca. Yo no oía nada, pero allí, la primerita, estaba mi abuela Quintina vociferando, y leí en sus labios claramente la enternecedora frase “¡Adónde vas, cabronazo!”. A lado de Quintina, la señora Aureliana, que era vecina en vida de mi abuela, con su eterna (nunca mejor dicho) mueca de asco y el bastón alzado en actitud amenazadora. Yo pensé: “¿pero qué cojones pinta esta bruja aquí?”, temiéndome entonces que el Cielo fuese una vulgar repetición de este valle de lágrimas, o bien que hubiera un Cielo cutre, para la gente humilde como yo, y otro Cielo más elegante y residencial, vetado a la masa proletaria. De hecho, las dos marujas seguían vistiendo sus despellejadas batas de guata, como si no hubiesen salido del barrio; solo les faltaba la bolsa de basura en la mano. Poco más allá, con su faldita de cuero y la cara maquillada salvajemente, como cuando iba repartiendo pedreas de gonococos, aparecía Leoncia la Neumática, también llamada la Moncloa, remota novia (mía y de otros quince o veinte a la vez) que me descapulló, no obstante arpía entre las arpías. Murió joven de un chute adulterado, dejando un mundo mejor. Sacudía las manos como si quisiera espantar a un bicho, o sea a un servidor. Detrás de ella, el tío Demetrio, exhibiendo una risa desdentada y multiplicando mecánicamente su clásico corte de mangas como si fuera un gato chino de la iniquidad. Con qué ganas se carcajeaba, el hijoputa. Y ya al fondo, con  su estampa de monigote,  su mono de lamparones y sus escasos 60 kilitos de concentrado de mala baba, aparecía el señor Floro, alias la Octava Angustia. Cruzado de brazos, asesina su mirada de cobalto, el señor Floro parecía estar esperándome para un chaperón, como cuando era mi encargado[i].
Entonces, en súbita revelación, entendí todo de golpe: el Infierno también tiene túnel de entrada. Se me cayó el alma a los pies, si la expresión es aceptable. Como reacción natural ante tamaña injusticia, reuní a Dios, a la Virgen y a san Pedro en una blasfemia compacta, lo que supuso una aceleración del trámite, y mi trayecto a través del túnel adquirió una velocidad supersónica. No obstante, tuve los suficientes reflejos para extender los brazos y sacar los puños, con la esperanza de repartir, a modo de segadora, unas cuantas hostias a toda la gentuza que se había congregado en aquel vestíbulo del inframundo, pero al pasar a lado de ellos me di cuenta de que allí, como entes espirituales, compartíamos la condición incorpórea. Inmerso en el centro de aquel tornado, volando como un cohete hacia Pandemónium, escuché entonces “¡Ya vuelve, ya vuelve!”, noticia que, para mi bien y para el de la humanidad en general, felizmente se confirmó.
Tan sobrenatural experiencia ha obrado la consecuente catarsis, y he decidido convertirme en una fuente de amor, por la cuenta que me tiene. Permanezco ahora largos ratos en los pasos de cebra para ayudar a los viejecitos a cruzar la calle. Si me encuentro a un ciego, ya es el no va más de la purificación, y ejerzo de lazarillo hasta su destino. Echo miguitas de pan a los gorriones. Reparto piadosamente cartones de vino entre los mendigos. He dado a un ropero social un chándal, una cazadora y dos gayumbos. Me afeito todos los días. Atiendo con cortesía a Testigos de Jehová, comerciales del Círculo de Lectores, de Iberdrola, de Gas Natural Fenosa y, en general, a cualquier estafador que llame a mi puerta, también a los que llaman a mi teléfono. Juego con los niños a la rayuela. No me meto en páginas guarras. Estoy intentando dejar de fumar. He sacado de la biblioteca la Obra Completa de San Juan de la Cruz y Las Moradas de Santa Teresa. Y desde ya la dulzura va a gobernar mis escritos. Entre otras cosas, ahora pienso que debo sustituir las habituales voces malsonantes de mi vocabulario, incorporando otras expresiones lights, como atiza, cáspita, córcholis, repanocha, es el súmmun, Ángela María y ay, Señor. Así sea, qué dídimos.

Gabriel Cusac


[i] Acertijo: descubra el lector atento a figuras estilísticas por qué este párrafo le ha provocado hambre.